9.1.06

"Calendariofilia"

Espero que quepa... es un poco largo... un cuento al fin y al cabo, escrito hace un año.
Acepto comentarios
y silencio también.
...

30 de Febrero, 30 de Febrero, 30 de Febrero... El hombre no podía creerlo, por más que revisaba el calendario, por más que trataba de convencerse; aquello no podía ser cierto. ¡A qué falto de seso se le podría haber ocurrido imprimir mal el calendario!
Una campanada, sólo una campanada del reloj despertador bastaba para levantar al Señor Organización de su cama plegable. Iba directamente a la ducha y calculaba el tiempo exacto: 7 minutos y medio, al minuto siete ya debía tener enjuagado el cabello (o lo que quedaba de él).
Al salir de casa brillaba su traje impecable, sus zapatos recién lustrados y su sombrero de copa que usaba para ocultar la prematura calvicie. Caminaba con la frente en alto, guiñándole el ojo a la misma joven de siempre que se paraba a esperar el taxi. Tendría unos diez años menos que él, pero qué le importaba... Se sabía apuesto e interesante, aunque la mayoría de sus amistades y novias se escapaban al conocer su obsesión por tener el control de cada día.
- ¿Me puede decir la hora, por favor? -preguntó con un tono serio a la joven del paradero.
- Si tuviera reloj, encantada se la diría... -respondió ella sonriendo coquetamente.
- Pues qué lastima... -suspiró el señor Cáceres- Pensaba que podía compartir con usted una agradable conversación.
La joven no supo qué responder. Aunque se encontraba todos los días con este singular individuo, no lo conocía en lo más mínimo. Se limitó a sonreír tímidamente, como disculpándose.
- ¿No le ha hecho falta en su vida un reloj, señorita...?
- Audolía, señorita Audolía... Y fíjese que no me ha hecho falta ningún reloj, ni televisión, ni radio, ni nada que me controle. He vivido feliz veintiséis años de no poseer tales cosas.
El señor Cáceres abrió los ojos de par en par, como si expusiera sus párpados a un ventilador a máxima velocidad. Las venas de sus grandes y huesudas manos comenzaron a hincharse, sus rodillas temblaban al igual que su mandíbula; hasta el elegante sombrero de copa parecía sufrir.
- Escúcheme, y espero que le quede bien claro -comenzó-: Me llamo Guillermo Cáceres, tengo treinta y cinco años, soy viudo y tengo un mocoso de cinco años que vive con sus tíos que ni siquiera conozco, ya que a mi me negaron la paternidad por razones inverosímiles... -tomó aire, pues parecía exaltarse de a poco- Pero a pesar de todo yo soy feliz, señorita, feliz... ¿Y sabe usted por qué? ¡Porque yo tengo el control de mi vida!, ¡Yo no quería a ese mocoso inquieto hurgueteando en mis cosas, cambiándole la hora al reloj, desprogramando la televisión, rayando los preciados calendarios con sus tizas de colores!, ¡Mis calendarios! ¡Mis compañeros!... -recuperó compostura, se ajustó la corbata y el sombrero.
- Perdóneme usted, señor Cáceres, pero yo debo irme al trabajo.
El hombre soltó una carcajada macabra, logrando que mucha gente de la calle lo mirara espantado.
- ¿Cómo lo puede saber, señorita Audolía, si no tiene la mínima idea de qué hora es?
- ¡Por favor, no haga escándalo! -dijo la joven- Y en realidad no sé por qué estoy hablando con usted... ¡Ya deje de mirarme así, no soy ningún bicho raro! No es delito no usar reloj... -La joven dio media vuelta y se fue caminando rápidamente.
El señor Cáceres dio media vuelta también. “Pobre chiquilla”, decía para sí. Pero en ese mismo momento recordó sus deberes, debía ir al trabajo y a la imprenta del calendario equívoco para protestar, y eran ya las 8:05 de la mañana... ¡Horror, llegaría tarde, llegaría tarde, tarde, odiaba pronunciar la palabra TARDE! Comenzó a correr por la avenida a toda prisa, sujetándose el sombrero para que no cayera. Sin querer con el apuro chocó con un hombre, al cual se le dio vuelta su maletín.
- ¡Qué desgracia, soy lo peor! -exclamo el señor Cáceres cayendo al suelo de rodillas, tratando de ayudar al hombre a recoger sus papeles. Y para más, entre todo el desorden, encontró un calendario. Sus ojos no pudieron fijarse en otra cosa: ¡30 de Febrero!, ¡Otro error, otro fraude, otro atentado contra el tiempo! Lo tomó con cuidado y se lo enseñó al hombre.
- ¡Amigo mío, estamos siendo engañados! -declaró solemnemente- ¡Quieren controlar nuestros días y hacernos viejos antes para acabar con nuestras vidas!
-Disculpe, señor, pero no estoy para bromas, tengo que ir a pagar esta deuda que vence el 30 de Febrero y voy atrasado, así que con permiso -dijo el hombre tomando su maletín.
¡La humanidad ya estaba en poder de esa imprenta siniestra! Volvió a correr lo más rápido que pudo, hasta que llegó a la imprenta. Abrió la puerta bruscamente, pero no había nadie atendiendo.
- ¡¿Qué nadie trabaja aquí?! -gruñó enfadado. No había nadie en el mostrador, pero sí había un diario y unas revistas. Leyó cuidadosamente la fecha... 28 de Febrero... ¿Salvación?, no, no, era muy pronto para cantar victoria. Dio vuelta el periódico y revisó el pronóstico del tiempo para tres días: “28, 29 y 30 de Febrero soleado”. La sangre subió hasta su cabeza, las venas estaban que explotaban, su corazón palpitaba como si lo viniera persiguiendo un tren, el sudor empapaba su camisa y sus ojos se nublaron de a poco... Aquello simplemente no podía ser posible.
- Disculpe que no lo atendiera, es que tuve un inconveniente para llegar al trabajo. ¿En qué lo puedo ayudar? -preguntó la voz de una muchacha, que por lo visto estaba recién llegando.
- Usted... -comenzó el señor Cáceres- ¡usted es una asesina! -dijo subiendo la vista. Y para sorpresa de ambos, la que trabajaba ahí era la señorita Audolía.
- ¿Usted otra vez?, ¡Hasta cuándo me persigue!
- ¿Y tiene el descaro de hablar, mafiosa? -el hombre agarró a la joven del cabello y la llevó atrás del mostrador- ¡Mafiosa, asesina!, ¡Ya verás que con Guillermo Cáceres no se juega! ¡Traeré un calendario de mi casa y verás que los tuyos son falsos! -decía mientras la ataba a una silla de pies y manos. Ella trataba de soltarse y gritaba como un pajarraco, pero luego el señor Cáceres tapó su boca también. No había nadie más en la imprenta a esa hora, así que el hombre cerró la puerta principal y salió por la de atrás.
Corrió de vuelta a su casa, llegó y subió las escaleras del edificio rápidamente hasta llegar al cuarto piso... departamento 404, su hogar, su tiempo, sus calendarios. La muralla estaba toda forrada de éstos, al igual que el techo, mientras que en el piso habían unos que otros botados. Guillermo abrió un cajón de la cocina, y entre cubiertos para comer encontró tres calendarios de ese año. Se fijó en seguida en Febrero, en el 29 como correspondía al año bisiesto... ¡30 de Febrero! Esos calendarios no servían. Buscó en el suelo, pero todos estaban malos. Murallas... 30, 30, 30, 30, 30, y en el techo lo mismo.Cayó rendido al suelo, pero faltaban los cajones del escritorio. Los vació desesperado, temblando, pero con la atención fija en el maldito día que trataban de agregarle a su vida y hacerlo así cada vez mayor, hasta ser anciano. Todos estaban mal. Dejó caer su sombrero de copa, pues ahí guardaba otros cinco, pero estaban igual que todos. Ya no había nada que hacer. El señor Organización no fue a trabajar, don Guillermo Cáceres se comportó como un psicópata en una imprenta, el hombre estaba arruinado por dentro.
Sintió que alguien tocaba la puerta, pero no podía pararse a abrir.
- Está abierto -dijo a media voz.
Entró un hombre, el mismo hombre con el cual chocó en la calle, botando su maletín.
- Disculpe, pero creo que nosotros tenemos que hablar... -dijo parándose en frente de él- Su hijo Pablito quiere verlo. Dijo que su papá tenía una casa llena de papeles y quería venir a jugar con usted.
- Usted es...
- Sí, perdóneme por no haberme presentado, yo soy primo hermano de su esposa que en paz descanse. Y soy el que se hizo cargo de su hijo.
Guillermo intentó ponerse de pie, pero cualquier intento era inútil. Por fin conocía al que tenía al mocoso, pero de qué le servía, si aquel hombre también había sido engañado por los calendarios falsos, ya todo estaba perdido.
- Bueno, ¿no me va a decir nada?
- Váyase al infierno si quiere -respondió el señor Cáceres-, pero antes vaya a la imprenta Solar y desate a la hermosa asesina que está ahí, dígale que venga y que aquí terminaré de quitarle todo su cabello.
El hombre lo miró estupefacto, y luego echó una mirada a todo el departamento tapizado. Era realmente inhumano llevar al niño ahí, era un crimen… Pero prefirió mantener cautela. Dio media vuelta, cerró la puerta y llamó desde su celular.
Mientras bajaba las escaleras se sentía el ruido como si desempapelaran toda la muralla y unieran los papeles con cinta adhesiva para hacer papeles grandes. Llegó al primer piso y se escucharon más sonidos de papeles, ahora envolviendo algo. Cuando salió del edificio y se disponía a irse lejos de ahí, se escuchó detrás de él un alarido ahogado y un golpe contra el suelo. El hombre obsesivo había caído del cuarto piso del edificio envuelto en calendarios pegados con cinta adhesiva. Pero esto no pareció sorprender al tutor del niño, sino que se acercó al cuerpo de Guillermo Cáceres y sacó de entre la masa de papeles, su calendario perdido, el que le había hurtado en la calle sin querer.
- No me ibas a robar mi tesoro tan fácilmente, hombre... -dijo sonriendo- Como si no supiera que mañana es 30 de Febrero... -y dio media vuelta.


Maldito Loro Tricahue

3 comentarios:

Max Rotten Power dijo...

joder...i'm spechless...
en cierta forma me identifica ese señor Organización, siempre he necesitado un reloj, siempre preocupado por llegar a tiempo, aun sabiendo que la otra gente con la que tengo que reunirme no vaya a hacerlo. no sé qué pensar. ¿será casual que el hijo de ese tipo lleve mi nombre (el real)?, no sé, pero al llegar a ese punto sentí algo raro, como si fuera mi propia historia llevada a un extremo la que se estuviera contando.

Max Rotten Power dijo...

(era "speechless", se me fue una e)

Ximena dijo...

Muy bueeeno!!!, con cada creación literaria de Aleinad que llega a mis manos puedo imaginar films, montajes teatrales, coreografías y hasta pinturas.